grillosazules

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Monday, January 11, 2010

Dos entrevistas poco conocidas a Maceo


La imagen corresponde a una Xilografía de Antonio Maceo, hecha por Carmelo González, y publicada en el Boletín de la Comisión Nacional Cubana de la UNESCO, diciembre de 1954. Las entrevistas han sido tomadas de la edición digital de Librínsula, y estoy segura que a los muchos admiradores del prócer cubano les van a interesar.

Publicadas en diferentes épocas, estas poco conocidas entrevistas –la primera aparecida en el diario Novedades, de New York, la segunda, la versión del historiador militar español Emilio Reverter Delmas de un reporte realizado por un periodista del Herald– son reveladoras del pensamiento y la integridad del patriota cubano; su inclusión en este número pretende constituir un homenaje al Titán de Bronce en el aniversario 113 de su caída en combate.

Se termina la Guerra del 68, y Maceo visita Nueva York. No ha rendido su espada y queda en pie, al estribo de su caballo, en la Protesta de Baraguá. Se convierte, entonces, en primerísima noticia en la prensa de la Babel de Hierro. Mientras guardan su turno los periodistas de los diarios yanquis, un reportero del españolizante Novedades lo entrevista. De entrada, lo subestima: el "titulado general". Sin sospechar que años después su campaña de la Invasión lo colocaría a la misma altura de los grandes capitanes de la historia. Es ridícula la ignorancia de aquellos plumíferos sabichosos, como ésta de un Maceo cabalgando en una mula, grabado que se publicó en los Estados Unidos a raíz de la visita del Titán a Nueva York.

Declaraciones de Maceo al periódico Novedades de New York, 12 de junio 1878

Entrevista con Maceo. El titulado general José Antonio Maceo, que ha llegado a esta ciudad desde Jamaica en el vapor Atlas, el jueves de esta semana, ha sido objeto de la curiosidad de los reporters de la prensa de New York, cuyos periódicos han hecho versiones a su manera de las conversaciones tenidas con aquél. Mas habiendo visto nosotros las noticias que cada uno daba acerca de la actitud de esta persona, lo mismo que de la forma en que había salido de Cuba, nos decidimos a tener una entrevista con aquél, y al efecto uno de nuestros redactores se dirigió a su casa en el día de ayer, y pudo satisfacer sus deseos celebrando una larga conferencia, en la que se explicó como verán más abajo nuestros lectores.

José Antonio Maceo es un hombre como de 35 años, alto, bien formado, barba muy poblada y no deja de ser reservado al dar ciertas contestaciones, esquivando por completo otras por no convenirle satisfacerlas. He aquí el diálogo a que dio lugar la entrevista.

¿Puede usted decirme algo respecto a la capitulación llevada a efecto con el general Martínez Campos?

Debo decir a usted que no he capitulado. A principios de abril, solicité una entrevista con aquel general, la cual se realizó, pero no pudimos llegar a un acuerdo. No obstante no se rompieron las hostilidades acto continuo, sino que la tregua duró ocho días; transcurridos éstos, mis fuerzas tuvieron algunos encuentros con las tropas españolas.

El día 7 del mes actual recibí una orden –que mostró– del encargado del gobierno de Calvar, en que me daba instrucciones para abandonar las filas, rebasar las líneas españolas y dirigirme al extranjero con el nombramiento de Agente General del Gobierno con plazo limitado; debiendo volver a Cuba, si puedo, transcurrido aquél, con los resultados que obtenga en este país.

Debo decir a usted también que el general Martínez Campos, conocía el objeto de mi viaje, tanto que cuando me despedí de él, le dije que venía al extranjero a trabajar por Cuba y para Cuba, a lo que me contestó que ya lo sabía.

¿De manera que trata usted de trabajar aquí en favor de la insurrección?

Sí, señor: aquí tiene usted una proclama de Calvar a los cubanos emigrados y que esta noche voy a presentar en un club, excitándoles a que me secunden en mis trabajos y me auxilien en la reunión de medios para continuar la guerra.

¿Y cómo explica usted el que conociendo el general Martínez Campos el objeto de su salida de la Isla, contrario a España, no sólo le haya permitido salir de ella, sino que lo ha hecho usted en un buque de guerra español?

Yo no sé decir a usted: el Presidente Calvar creo que ha sido el que ha corrido con estas negociaciones.

¿A qué numero ascendían las fuerzas de usted cuando salió usted de la Isla?

A esa pregunta no puedo contestar.

Por aquí corrían noticias de que sus tropas fraternizaban con nuestros soldados y que se le había desertado a usted mucha gente.

Alguna se me separó, pero esto no tiene por causa la que usted indica; las deserciones han sido siempre muy comunes desde el principio de la guerra.

¿Cuál es el jefe más caracterizado que existía en Cuba a su salida?

Vicente García, que es el jefe militar de las fuerzas cubanas.

¿A qué número ascienden las fuerzas que hoy manda Vicente García?

No puedo contestar a usted.

¿Cree usted que continuarán la lucha los pocos que quedan en armas todavía?

No lo sé.

¿Cuál es el territorio que está hoy ocupado por las fuerzas de ustedes?

El territorio es pequeño: Es el que se extiende entre el río Jobabo y la Punta de Maisí.

¿Cómo verificó usted su salida de la Isla? ¿Se embarcó usted en Santiago de Cuba?

No señor: en un paradero antes de esta ciudad desembarqué del ferrocarril para pasar al Fernando el Católico que me iba a conducir a Jamaica. En este paradero vi al general Martínez Campos y me despedí de él.

¿Recibió usted buen trato en el Fernando el Católico?

Me trataron con mucha decencia y política.

No estando solos con Maceo, pues había con nosotros algunos individuos de la prensa americana, no pudimos ni quisimos alargar nuestra entrevista; y, además, porque le oímos quejarse de bastante malestar, a consecuencia del tiempo húmedo que resiente sus heridas. Estas, según nos dijo, son veinte y tantas de las cuales diez y siete son de bala y las restantes de arma blanca; cuya última circunstancia pudimos notar, por tener las manos con señales evidentes de heridas y mutilaciones en los dedos.

Tomado de: Bohemia, 13 de junio de 1969, no. 24, pp. 10,11

¿Una entrevista ignorada con el General Antonio?

Por José Sánchez Guerra y Víctor Hugo Puron F

Durante más de cien años permaneció oculta a la mayoría de los cubanos, pues hasta donde saben los autores nunca se publicó antes en Cuba, una entrevista realizada al Mayor General Antonio Maceo Grajales, el 15 de octubre de 1895, en la Sabana de Baraguá, por el periodista norteamericano Hubert Howard, corresponsal de guerra del Herald, de Nueva York.

Una versión del reporte de Howard al diario neoyorquino fue incluida por el historiador militar español Emilio Reverter Delmas en su libro Cuba española, publicado en Barcelona, en 1896, y es esa la valiosa pieza que da lugar a estas notas.

Por lo que permite apreciar esta versión de la entrevista periodística, tal vez se trate de la más completa de las realizadas por la prensa a Antonio Maceo, a la vez que arroja nueva luz sobre el contenido del pensamiento del Titán de Bronce.

Por otra parte, se trata de las primeras declaraciones para un medio de difusión dadas por Maceo después de su incorporación a la "guerra necesaria", apenas seis días antes del inicio de la Invasión a Occidente, y en medio de los preparativos para acometer el desafío que daría cumbre a su genio militar.

El periodista Howard se incorporó al cuartel general de Antonio el propio 15 de octubre de 1895, cuando llegaron al campamento de éste en Canastas, el Presidente de la República en Armas, Salvador Cisneros Betancourt, el consejo de gobierno, funcionarios, empleados y escolta, y luego pasaron a los célebres Mangos de Baraguá de la viril protesta maceica, o la Sabana de Baraguá, donde se produjo la parada militar de recibimiento, descrita también en la entrevista.

Para esa fecha, Maceo había concluido exitosamente la campaña de Oriente, que permitió comenzar a generalizar la guerra, a extenderla sobre todas las comarcas y evitarle la fatal fragmentación, a la vez que había organizado los regimientos y brigadas, los viejos guerreros reafirmaron el mando y las tropas nuevas se foguearon en los combates de Jobito, Peralejo y Sao del Indio.

En ese momento acompañaban ya al Titán de Bronce el regimiento de caballería Carlos Manuel de Céspedes y su escolta, que constituiría la columna vertebral del cuerpo invasor, mientras, por otra parte, había dejado establecidos los impuestos forzosos de guerra para los hacendados, industriales y comerciantes.

La entrevista propiamente dicha está introducida por una descripción bastante precisa por el corresponsal norteamericano de la integración de las fuerzas libertadoras cubanas, en su diversidad racial y social, en la que, no obstante, asoman, con displicente pintoresquismo, matices racistas e incluso anticubanos.

De alto valor es conocer que la tienda de campaña de Maceo perteneció a Carlos Manuel de Céspedes, lo cual establece un vínculo material más entre los independentistas del 68 y del 95, a la vez que constituye un auténtico símbolo de la continuidad de la causa cubana entre una y otra etapas y entre dos figuras cimeras de nuestras luchas por la independencia y la libertad.

Al margen de las alusiones suspicaces del periodista norteamericano, éste confirma la proverbial pulcritud en el vestir de Antonio, sus finos y educados ademanes, la cortesía con el interlocutor y la plenitud de la agudeza e inteligencia del Héroe de Baraguá. Howard precisa que Antonio no fuma, entre otros aspectos comparativos con su hermano José, también asistente a la conversación.

Se advierte que el encuentro fue previamente acordado, y que Maceo lo aprovechó para dar, a los presumibles lectores norteamericanos o extranjeros en general, la mayor claridad acerca de los objetivos y métodos de la Revolución, teniendo en cuenta que una parte de la opinión pública en los Estados Unidos era aviesamente orientada contra la causa independentista cubana.

Maceo trasmite dominio de la situación política en que se desenvuelve el movimiento y es justo al rechazar la pretensión de convertir al ex capitán general Callejas en chivo expiatorio del integrismo por la insurrección cubana, y al reafirmar la antigua aspiración de la nación isleña a la independencia con el instrumento de la lucha revolucionaria armada.

Esencial es la confirmación por Maceo de la labor propagandística revolucionaria preparatoria, en particular en la zona oriental, sobre todo a partir de su visita a Santiago de Cuba, en agosto de 1890, donde dejó organizado un importante núcleo conspirativo decisivo para el posterior inicio y desarrollo de la guerra.

No obstante, al parecer para desinformar al enemigo e infundir aliento triunfal a los amigos y simpatizantes de la causa cubana, el político añade exageraciones y absolutos tales como un pretendido conocimiento exacto, desde su colonia en Costa Rica, del lugar, día y hora en que se iniciaría la lucha.

En realidad, como es conocido, la orden de alzamiento simultáneo para todos los grupos revolucionarios de la Isla, fue decidida por José Martí, Máximo Gómez (a través de su representante Mayía Rodríguez y Enrique Collazo, en Nueva York), cursada a los interesados y acatada por ellos en la Isla para producir el levantamiento el domingo 24 de febrero de 1895, como sucedió en varias comarcas, por diversos destacamentos en armas.

Igualmente, aunque Maceo y los patriotas que él comandaba en Costa Rica estaban decididos a marchar a Cuba, para incorporarse a la insurrección, fue el propio Martí quien tuvo que disponer la organización de la expedición por Flor Crombet, ante la imposibilidad de entregar a Maceo la suma solicitada por él para llevarla a cabo.

Evidente dato de desinformación militar es el número de hombres y cantidad y calidad del armamento declarado por Maceo al corresponsal de guerra, pues muy probablemente en ese momento la tropa mambisa fuera más reducida y peor armada que como la presenta el Mayor General, si bien es exacto que la mambisería había ya demostrado el arrojo y valor al que alude.

Precisa es la confirmación de la táctica mambisa de pelear contra España con el método de la guerra de guerrillas, con el "muerde y huye" propio de un ejército popular frente a una tropa colonial mejor aprovisionada, dando relevancia a esta táctica y al conocimiento del terreno como ventajas frente al enemigo.

Explica Maceo el "cálculo" de los impuestos forzosos de guerra para privar a España de recursos y allegarlos a la causa revolucionaria y advierte muy directamente a los norteamericanos que la guerra es obligatoriamente destructiva pues la posición adversa a la causa cubana solía quejarse del procedimiento de la tea mambisa como de un exceso.

Aún debe ser precisado quién es el nombrado Creonwer, que el periodista pone en boca de Maceo, como uno de los líderes que iniciaron la rebelión, si se trata efectivamente de un personaje histórico, real y concreto, o es una confusión del reportero, una errata de imprenta del periódico norteamericano o de la versión española consultada, pues nadie de ese nombre aparece relacionado con el alzamiento del 24 de febrero de 1895 en la historiografía conocida por los autores.

No obstante, es por lo menos curioso que Cromwell –no Creonwer, como aparece en la versión de Reverter– fue el seudónimo del conspirador habanero Ignacio Zarragoitía, al constituirse a principios de 1879 el Club Central Revolucionario Cubano, del cual fue presidente, y José Martí, vicepresidente, centro en la Isla de los trabajos revolucionarios de aquellos días anteriores a la Guerra Chiquita, coincidiendo con las propuestas desde Oriente por Pedro Martínez Freire, hombre de la absoluta confianza de Maceo, lo cual sugiere una relación aún por esclarecer.

La ausencia de título, la existencia de puntos suspensivos, la propia ortografía y otros detalles de la versión española de la entrevista, permiten suponer mutilaciones y variantes en relación con el original publicado en inglés, por lo que sería necesaria la localización, consulta, traducción y publicación de una nueva versión íntegra del texto original del Herald.

Hasta el momento, sin embargo, que sepamos, la versión de Reverter es nueva para la historiografía acerca de Antonio Maceo, y resulta una importante contribución al tema de su relación con la prensa en particular, así como para el estudio en general de la figura y el pensamiento de quien cayó en combate hace cien años por la independencia de Cuba.

Bibliografía:
José Luciano Franco: Antonio Maceo. Apuntes para una historia de su vida. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana 1989.
José Miró Argenter: Crónicas de la guerra.
Raúl Aparicio: Hombradía de Antonio Maceo.
José Martí: Obras escogidas en tres tomos, tomo III, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1992.
Diana Abad, María del Carmen Barcia y Osear Loyola: Historia de Cuba II, La Guerra de los Diez Años: La tregua fecunda, Ministerio de Educación Superior, La Habana, 1989.

A mi llegada al campamento vi desfilar ante mis ojos las fuerzas que manda el Mayor General mulato, por el siguiente orden: pasó delante el EM con sus generales negros y sus jefes y oficiales blancos, negros o mulatos, e inmediatamente detrás, sin orden ya, ni regularidad alguna, comenzaron a desfilar hirvientes pelotones de hombres, unos sin armas, otros con el fusil al hombro, éstos con la carabina en bandolera, aquéllos blandiendo y tirando a jugar al machete por encima de la cabeza, todos gritando y riendo, gozosos sin duda de acampar y descansar tal vez durante dos o tres días de una fatigosísima y ruda existencia.

Entre aquellos pelotones de hombres de todos los colores, de todas las castas; negros bozales con cabellos rizos que llaman pasa y la peste del almizcle que da comezón a toda pituetaria europea, por poco delicada que sea; negros achocolatados y encendidos con el pelo cardoso que revela el cruce con alguna desviación del tipo indio criollo. Mulatos de todas tonalidades, desde el muy oscuro que revela la aleación de una negra y un blanco, hasta el más claro que acusa a la mulata y al europeo criollo del campo de una tez trigueña de color de tierra, y criollos de las ciudades con el cutis fino y la coloración exquisita que se advierte bajo la delicada epidermis; y último, blancos, también legítimos blancos de Europa, españoles peninsulares arrastrados a la insurrección por no sé qué extraño atavismo.

Y para que nada faltase, hasta chinos he podido ver en esta tropa numerosa que, en tropel de rebaño que vuelve a su redil, entraba en su campamento y se extendía por sus calles y se acuartelaba en sus bohíos; con sus familias algunos; nómadas como ellos, a través del monte y de la manigua, en grupos otros, todos contentos y animosos, en extraña e íntima promiscuidad.

Presenciado el desfile y acampada las fuerzas me dirigí a la tienda de Maceo, tienda sí, una verdadera tienda a la europea, de lona fuerte y curtida por el aire del combate, que ha dejado en ella la huella de un balazo indiscreto...

Dijéronme que la cogieron de un campamento español en la otra guerra, y que bajo ella vivió el presidente Céspedes en su campamento de Río Azul. Unos fanáticos de Baire la escondieron 25 años, la han exhumado para ofrecerla al General Maceo.

Los dos Maceo vistiéronse sus trajes de paseo para recibirme; una cosa que no era chaqueta; que quería ser levita, y que parecía un chaquet... De blanco Antonio, prenda negra José, correctísimos ambos, sin una mancha de lodo, impecables.

Mulato, bastante claro el Antonio y muy oscuro el José, y con mejor pelo aquél que éste, de rostro inteligente el primero, sin expresión el segundo, ambos de alta estatura, los dos acusan salud y bienestar. Me recibieron en pie con una sonrisa enigmática para mí y que no pude descifrar y me tendieron la mano.

—Sea usted bienvenido, señor. –Díjome el Antonio– y me complazco en recibirlo atendiendo a su deseo, porque así podrá convencerse de que no somos fieras...

—… Yo no he de exponer aquí las causas de este movimiento que no se ha improvisado, que es el fruto de años de labor penosísimo y de incesante propaganda. Veo que en España se acusa de todo al general Calleja... Diga usted que acusen, si quieren, a todos sus antecesores y a los gobiernos de la metrópoli y serán más justas.

Desde 1885 nuestra propaganda no ha cesado ni un solo día y desde 1890 yo le aseguro a usted que no ha pasado un mes sin que nosotros hayamos logrado meter en este Departamento Oriental un nuevo manifiesto separatista.

Cuando Guillermón y Creonwer dieron el primer grito de rebelión en Baire, todos nosotros sabíamos el sitio, el día y la hora en que debía darse y mi expedición estaba ya organizada. Antes del movimiento, teníamos fe: Hoy hace cinco meses que estoy en la Isla; y desde el primer día que recorro con mi gente este departamento, por donde quiera y a la hora que quiera...

Cuento en el departamento con dos divisiones que arrojan un total de 14 000 hombres, que rivalizan arrojo y valor. Muchos son veteranos de la otra guerra, la mayoría gente nueva en el campo, pero ya saben lo que es pelear.

(Mientras Antonio hablaba, José, nervioso, movía la cabeza asintiendo y aprobando... Antonio no fuma, pero a José no se le cae de los labios el chicote humeante).

Mi gente está medianamente armada. Tengo 6 000 fusiles Remington, Winchester y Maüsser...

—¿Maüsser?, interrogué yo con asombro.

—Sí, son unos cogidos y otros comprados. Nosotros necesitamos tener los mismos fusiles que los españoles, pues de sus municiones tenemos que surtirnos. Así es que aunque en esta guerra no sea el Maüsser de gran utilidad, algunos hemos comprado...

Nuestra táctica siempre ha sido la misma. Solo entramos en grandes combates cuando nos conviene o cuando no hay más remedio. Cuando no, si las tropas operan en columnas numerosas, nosotros nos diseminamos, y en pequeñas partidas los molestamos y entorpecemos sus marchas, congregándonos otra vez cuando nos parece conveniente...

Cuando atacamos no hacemos más de dos descargas, tiramos sólo para aprovechar el tiro pues nuestra fuerza está en ganar tiempo y en no malgastar las municiones. A veces soldados que llevan fusil, no llevan ni un solo cartucho para evitar el derroche. Así nuestras provisiones escasas y difíciles duran, y nos sostenemos mientras España se gasta en la lucha. Esta es nuestra táctica, y la táctica y el conocimiento del terreno palmo a palmo son nuestra fuerza.

Imponemos contribuciones y distribuimos la propiedad no por rapiña, sino por cálculo, porque al segar esas fuentes de riquezas, segamos fuentes de recursos para España. Ustedes se quejan de nuestro procedimiento de guerra, del incendio, de la dinamita, que no hemos tenido que traer de afuera sino que la encontramos en las minas abandonadas, como en las de Juraguá; pero eso es la guerra.

Tomado de: Granma, 7 de diciembre de 1996, pp. 4-5

5 Comments:

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