grillosazules

Si le interesan mis temas me pueden escribir a grillosazules@gmail.com que de seguro le responderé, y ya está.

Tuesday, September 23, 2008

Con los viejos colegas de Juventud Rebelde

Mientras me dirigía hacia la casa de Marcelino Ortíz pensaba entre otras cosas en lo sabrosa que le quedó a Edmundo García la entrevista radial que le hiciera a José Luís Cortes en La Noche se Mueve, sabiendo que a unos cuantos kilómetros me esperarían para celebrar un encuentro intramuros entre colegas de Juventud Rebelde, con más pinta de club de los 120 años, que de tertulia deleitable. Y lo digo porque es justo elogiar al otrora comunicador de la escena que ahora se distingue en los dominios miamenses abordando la actualidad con temas, a veces espinosos o refutados, sin que me quede nada por dentro, o sin anatemas epidérmicos que sobran cuando se trata de hacer buen periodismo, con valentía y sabor cubanero.

Y ya está, que para empezar la tarde me gustó aquello de al pan pan y al vino vino, que se persigue en cualquier terreno y que la generación a la cual pertenezco aprendió a valorar allá por los sesenta y pico en sus intentos de rediseñar el breve mundo que nos tocó en ese entonces. Hablar del diario más joven de la Isla en manos de muchos, tal vez la mayoría, provincianos soñadores que nada tenían que esperar de su pasado, como no fuera meterle con ganas al proyecto que teníamos por delante, y que a la corta o a la larga, ha sido lo más valioso de nuestras vidas, es, sin lugar a dudas, un suceso memorable. De ahí que disfrutara por anticipado ese momento de compartir anécdotas, confesiones y recuerdos. Nada que no amenice un buen café de por medio, que no fue solo el caso, para soltar amarras y deleitarse de la rutinaria melancolía.

Es cierto que todo cambia, se mueve o se zarandea, pero hay hechos que siempre nos diferencian o nos identifican aunque la esencia de la intención no varíe, por encima solo está el desgaste de aquellas ilusiones capeando lo que viniera con una extraña sabiduría, que si de frustraciones se trata al saco de los gambusinos no alcanza, como diría el difunto Benito, tapete sobre la mesa y viajando a gusto en el flamante P1, made in China, que me llevaría rumbo a ese concilio no gubernamental de colegas adictos al socialismo.

Brindar por estar vivos, prender velas a los ausentes, y hasta reímos de nosotros mismos no es noticia pero conocer el rincón que Marcelino tiene destinado en la sala para sus trofeos eso si es cosa seria, ahí están sus medallas de la Clandestinidad, la de Combatiente, la de reportero y fotógrafo submarino y otras más ganadas al paso del tiempo, pero creo que en ese espacio falta la de buen socio, buen padre, buen amigo y la de la ética con que ha llevado su profesión, condecoraciones que solo da la vida una sola vez y que sin ellas, la verdad, el hombre y la mujer que no las tengan se deberán sentir muy mal.

También hay otros títulos más particulares otorgados indistintamente por los amigos que han quedado como alforzas cosidas en la piel de las fábulas orales, como la del premio culinario para aquellos espaguetis pálidos y sin sal del restauran La Fayette, que al impúber Tomy le sabían a Tupper japonés con gambas y langostinos en salsa de estragón, a juzgar por su escasa experiencia de oriental recién llegado a la capital. Hago la salvedad porque para quien después se convirtiera en uno de los tipos más premiados del país, este pasaje suyo no consta en su relevante currículo de caricaturista internacional.

También han habido medallas menos incandescentes como la otorgada al cuartito de los altos del periódico cuando estaba en Prado y Teniente Rey, un inmueble desarbolado pero que sirvió de supervivencia a muchos y muchas, hoy reconocidos y reconocidas, tanto en el mundo de la palabra como el de la plástica, como fue el caso de Isavel Jimeno, que ese es su nombre y no incurro en falta. Ahí podía suceder cualquier cosa, desde alcanzar una musa hasta pescar con arpón sumergible, pollos y platanitos, del comedor de los bajos.

Pero el rey estuvo callado, ¿Qué le ocurre al rey? No trajo el aparato para oír, porque lo dejó en Camaguey. Nada de lo que le ocurra a Mariano Rodríguez Herrera es para asombrarse, recién llegado de México adonde estaba trabajando en un guión sobre la vida de Ernesto Che Guevara, de quien es uno de sus más siderales biógrafos, quedó incomunicado una semana después que pasó el ciclón allá por sus predios floridanos.

Y hay quien dice que no solo pasará a la historia como investigador y cronista, sino que lo hará también por sus magistrales olvidos, como el de dejar una vez olvidado en la playa de Varadero a su pequeño hijo Regis. Y aunque no es el mejor momento para preguntarle sobre su último amor o el próximo libro, logro llamar su atención mencionando a un ex guerrillero del grupo del che, conocido por él personalmente, y al cual entrevistó por su rol en la guerrilla boliviana, pero que después la cagó de una forma estúpida, muy difícil entender ni comentar, entonces Mariano me dice que en el mejor de los casos el considera que en Benigno primó su escasez de sentido común o la manipulación de personas cercanas a su vida íntima, porque realmente se niega a afirmar que su deslealtad fuera solo por dinero.

Hundido en un sofá Tomy enseña las fotos de su último viaje a Estambul, a su lado Soledad enciende las velas y añora el olor del Sena, Florans, la verdadera francesa, sostiene que dará un donativo para Pinar del Río, mientras otras esposas, maridos e hijos, asienten con sonrisa a todo lo que escuchan para no poner en peligro su conveniente invitación al próximo cenáculo.

Como contenido de la actualidad reciente se abordó el gran desamor de Amaury Pérez por Soledad, que ya es agua pasada, pero que ella se encargó de desenvolverlo diciendo que el pobre cantautor, devenido por la crítica en vendedor de pieles rojas le puso la alfombra a sus pies cuando ambos se encontraron frente a frente en el último Congreso de la UNEAC.

Señores, la vida no es un carrusel como muchos afirman, quizás más bien es un tren cargado de nostalgias, leyendas y derrames cerebrales, donde sobrevuelan también nuestros memorables muertos ancestrales a los cuales además se les dio lo suyo en medida exacta de Habana Club and Company. Ahí merodean Baldrich con su cámara, Cala el suicida; Miguel Enrique y su ópera; Cano, el maestro de La Marina que conservó incorruptible durante años una croqueta del período especial presumiblemente elaborada con las más avanzadas técnicas egipcias. Jorge López, que capituló de un balazo, Ivón, o su arroz frito, Maqueira, el príncipe de las noches oscuras de Mery Ruíz de Zárate, Ricardo Sáenz el más capaz y Ramos, entre los más incómodos de los choferes…

Podríamos creer que solo interrumpieron el viaje en algún andén desconocido para igual seguir esperándolos, como aquel mago indeleble del mejor poema de Raúl Rivero, que me sirve muchas veces para ponerme irreverente y sugerir que si solo somos polvo y ceniza sobre la tierra, no se debe andar mucho tiempo tentando al alzheimer, que hay que vivir a tope siempre y escribirlo todo, queridos amigos, y dejarse de comer de lo que pican esos animalitos que se pasean crudos en los gallinero.

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